Septiembre 4 del 2015
El
futuro de los libros
Estuve en la
inauguración del primer festival internacional de Literatura y mientras miraba
algunos libros escuché diálogos que me hicieron preocupar por el futuro de los
escritores.
Una dama de la tercera edad,
bien conservada y muy animosa mientras tomaba alguno de los tomos exhibidos
decía, éste ya lo leí, y también leí los tres de la trilogía, no tuve que
comprarlos, tuve la suerte de tenerlos prestado… seguía mirando uno y otro de
los muchos que estaban sobre las mesas e insistía en su comentario con risa
contenida, diciendo, este también lo quiero leer, pero voy a esperar a ver
quién lo compra para que me lo facilite… ah! Y este otro lo leí en el
computador a través de internet…
El caballero que la acompañaba,
al parecer, no compartía la jocosa charla y seguía mirando los libros y leyendo
la contratapa de los mismos mientras los colocaba cuidadosamente en su lugar.
Debo confesar que sentí
cierta desilusión cuando entré en el salón donde en varias mesas habían
colocado los bien forrados libros en papel transparente que los protegía de
tantas manos que los alzaban, miraban, devolvían. Desilusión porque en mi mente
había recreado ese lugar que para mi es como llegar al salón de los juguetes y
me encontré con una habitación más o menos amplia, pero que, al parecer, no
habían tenido tiempo de arreglar. No entendí muy bien la disposición y
distribución de los temas. Además de encontrar en los rincones del salón libros
recopilados uno sobre otro, lo cual hacía muy difícil mirarlos ya que los
nombres no se encontraban en el mismo sentido.
Algunas mesas tenían
organizados libros de literatura infantil, y las restantes obras maravillosas
como las de García Márquez, Héctor Abad Faciolince, Pablo Montoya, Juan Arnau (España), Paula Bombara
(Argentina), Gabriela Alemán (Ecuador), María García Esperón (México), y de la escritora Piedad Bonnett quien inauguró
el Festival.
Seguramente
que para el día de hoy todo estará mejor distribuido y organizado, pero me
quedó el sabor de los comentarios, y estuve pensando que pasará en un futuro
con los libros cuando todas esas hermosas obras y otras no tanto se puedan
adquirir a través de internet y ya no disfrutemos del placer de romper el papel
que lo cubre y no gocemos del maravilloso olor que deja el pliego y la tinta
del libro nuevo, el pasar las hojas y colocar marcadores y ya no quede el
recuerdo de ese comentario en tinta o resaltado con lápiz rojo o marcador
amarillo en los bordes del libro, este placer será historia, será algo del
pasado, pero los ingenieros del futuro que revisen la historia de estos libros,
mostraran la novedosa forma como nos iniciamos
A mí, me
entusiasma la tecnología y me gusta la facilidad de búsqueda, la forma como
puedo jugar con el texto, el cambio de tipos de letra, los colores, cortar y
pegar, incluir una nota, hacer un montón de cosas que en forma manuscrita no
puedo realizar, en fin, pero esto es el entusiasmo de quienes escribimos, la
investigación a través de internet, la comunicación, etc.
Y es que
con el paso de los años nos convertimos en nuestros padres y empezamos a añorar
el pasado, no pienso que todo tiempo pasado fue mejor, porque si eso pensamos,
tendríamos que refrescar un poco la memoria y meditar acerca de la forma como
se creó el papel que se utilizó en el pasado para escribir, en el antiguo
Egypto se usó un vegetal conocido como papiro, en la edad media en Europa se
trabajó la piel de cabra curtida para hacer pergaminos, los chinos utilizaban
los residuos de seda, paja de arroz y cáñamo para hacer papel, y se dice que
incluso se usó el algodón para esta labor, hasta llegar a la pulpa de madera,
pero esto no paró allí, ya que en la actualidad se utilizan cantidades
incontables de materiales útiles para la elaboración de diferentes clases y
calidades de papel, hermosos y de una textura maravillosa, entonces, ¿cómo
decir que fue mejor en el pasado?
¿Quién
quiere escribir con plumas? En mis tiempos, como decía mi abuela, usé el empate
y la pluma, mi emoción fue grande cuando recibí dos frascos, uno de tinta azul
y otro de tinta roja, una cajita con dos empates y diferentes plumas, no podía
esperar para estrenarla, ya que pasé de la pequeña pizarra al lápiz y de allí a
esta novedad. Ya en clase y muy sentada con mi almidonado uniforme, coloqué los
tinteros en los pequeños agujeros que tenía mi pupitre, preparé dos empates y
los dejé sobre las ranuras centrales y recuerdo que sonreí al ver que tenía que
escribir un título en rojo y subrayarlo para empezar.
Al
empapar la pluma para el primer ensayo, una enorme gota cayó sobre el cuaderno…
la profesora corrió a salvarme y me obsequió un “secante”, o sea una cartulina
que por un lado era brillante y por el otro tenía un papel absorbente con el cual
se evitó una tragedia mayor, pero dejó el recuerdo perenne de mi primer ensayo
con la pluma. Allí aprendí que había que escurrir la pluma sobre el borde del
tintero antes de acercarla al cuaderno, y nunca, nunca sacudir la pluma para
evitar el exceso de tinta en ella, detalle que nunca olvidé habida
consideración que la mancha en mi cuaderno quedó por siempre plasmada para
recordármelo y el resto de gotas decoraron mi bien planchado vestido.
Aconsejada
por la profesora seguí utilizando un cuaderno borrador, a lápiz en clase, y
luego en casa, sin prisa alguna debía pasar el texto en tinta. Pero eso no
solucionó el problema, ya que mis dedos fueron ganando el color de las tintas,
y siendo tan pequeña, tenía unos cinco años, fueron más los regueros y los manchones
que la buena presentación de mis cuadernos, ni que decir de mi pupitre el cual
debió ser lijado más de una vez para retirar los restos de coloración que
marcaron mi paso por los primeros años de primaria.
Y como no
siempre los tiempos de antaño fueron mejores, un día mi padre llegó con
lapiceros y minas de carbón, bolígrafos en colores, borradores, con lo cual
dije adiós a la tinta y los regueros, aunque también, algunas veces, con el
calor estos escurrían la tinta en el maletín y terminaban haciendo de las suyas
en los cuadernos, pero bueno, así fue pasando la era de las plumas, los
primeros bolígrafos hasta llegar a los preciosos estilógrafos y a los
kilométricos. Y en este momento abundan diferentes tipos de bolígrafos que
hacen que escribir sea un verdadero placer.
Así que
recorriendo el papel, el lápiz, la tinta, las máquinas de escribir, me quedo
con los computadores, pues no sé qué nos pueda deparar el futuro, aunque de
momento y cada vez que tenga oportunidad disfrutaré abrir un libro nuevo, acariciar
su cubierta, y sentir ese aroma de la tinta y el papel que todavía tenemos.
Feliz fin
de semana.
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