12 abril del 2015
A
petición del público
(Parte I)
Como dicen los
artistas, en especial los cantautores, “a petición del público” me atrevo a
escribir un comentario sobre los eventos vividos durante el tiempo que mis
padres y hermano gozaron del privilegio de tener una propiedad en el campo, en
la parte alta de Pance, cerca al denominado “Pico de loro”, y que por razones
sentimentales había dejado en el tintero, pero un vecino muy querido me lo ha
recordado y me ha dado gran estímulo para que les haga un relato de lo que fue
esa época o mejor lo que vimos en ese entonces.
Inicialmente era un
lote de terreno que lo separaba una quebrada de agua cristalina, muchos árboles
y rocas de todos los tamaños, un guadual que susurraba canciones en las noches,
pululaban los grillos, los sapos y también diferentes cantos de aves, los búhos,
loros y toda clase de insectos embellecían el lugar.
El plan era construir
dos viviendas, una muy campesina para mis padres y otra más moderna para mi
hermano. En el entretanto que diseñaban los planos, se estudiaba el costo, se pensaba
en cómo llevar los materiales, compraron una carpa y decidieron acampar en el
lugar. Confieso que nunca hice tal cosa. Como decía mi madre, yo soy de ciudad
y los nervios no me permitirían dormir la noche completa en esas condiciones.
Una vez decidieron el
tipo de construcción y materiales a usar, fue realmente un trabajo duro pero se
vieron unos resultados asombrosos.
Durante el tiempo que
duró el ir y venir, llevando y trayendo cemento, arena, ladrillos, gran parte
de esto en la camioneta de mi hermano, se encontraron varias sorpresas.
El área presentaba una
pequeña cueva la cual aparentemente había sido explotada como mina, ¿de qué? Ni
idea, pero ya con eso empezaban a escudriñar la zona.
Tras la construcción de
las dos casas, se conectaron las mismas con un pequeño puente sobre la hermosa
quebrada que con su murmullo de piedras daban un toque alegre al lugar, el
golpe del agua contra las pequeñas rocas en nada se parecían al ruido de los
automotores de la ciudad.
Esa fue mi primera
sensación cuando me decidí ir con mi hijo y acompañar a mi hermano que tanto
disfrutaba de ese campo.
La creación de una
chorrera fue otro evento maravilloso, con mi padre se dieron a la tarea de
organizar unos canales que llegaban hasta la mitad del estadero en donde
construyeron un baño público al que la helada agua llegaba en un gran chorro
que caía con fuerza, era todo un masaje renovador al cuerpo del arriesgado
bañista que se animara a gozarlo.
El clima en la mañana y
noche era bien fresco, lo que hacía posible gozar del calor de la chimenea que
hermosamente decoraba la casa de mi hermano, a un lado los tronquitos bien
recortados y acomodados en dos pilas esperaban su turno para impregnar de calor
el hogar y alegrar con su chisporroteo la noche, ya que en ese lugar la
televisión no tenía su espacio y el reunirnos alrededor del fuego si era un
programa obligado que disfrutamos el tiempo que duró.
Hasta aquí ya se habían
construido dos viviendas, existía la chorrera y el puente marcaba la división y
unión de los dos terrenos.
Las piedras que
decoraban la propiedad eran de gran tamaño y a ellas se debió el nombre con el
que se reconoció la finca de mi hermano “Piedritas”, la restante fue bautizada
como “Mira” en honor a mi madre, ya que mi padre siempre la llamó así.
En esta etapa
experimentamos el compartir la posesión del lugar con toda clase de animalitos,
desde domésticos, pues los perros de la zona sabían que eran bienvenidos y
siempre tendrían un tazón de agua y alimento, hasta los más ásperos como
alacranes, gusanos, murciélagos, etc.
Convivir con la
naturaleza es extraordinario, siempre y cuando se respete su compañía y en este
trozo de terreno fuimos ricos y pudimos gozarla.
Este escrito es sólo la
introducción a mi comentario sobre la vida que tuvimos en “Piedritas” y la
“Mira”.
¡Hasta la próxima
semana!
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