Noviembre 11 del 2014
Las
promotoras
Hace días que tengo en
el tintero lo acaecido algunos meses atrás cuando en un centro comercial una
amiga intentó comprar un producto para la gripe.
La verdad que el
resfrío que sufría no era de médico, simplemente tenía ese malestar que nos
gusta evitar y que con una simple pastilla se puede envolatar y seguir nuestra
vida común y silvestre.
El caso es que entramos
a un centro comercial para comprar un par de pastillas para dicho malestar,
notamos que el aparador de siempre ya no estaba en su lugar acostumbrado y que
esas droguitas que no requieren de prescripción médica habían sido trasladadas
al fondo del almacén, justo al lado de la droguería donde sí se requiere una
fórmula para ser atendido.
Miramos el aparador y
tenía varios letreros describiendo el tipo de medicina que vendían, entre otros
había dos con el mismo nombre “Resfriados”,
obviamente nos dirigimos al que presentaba las pasticas de siempre y empezamos
a leer la descripción de algunas, sólo por el simple placer de hacerlo pues ya
sabíamos la que íbamos a llevar.
Al lado del lugar
estaba una dama observándonos y se dirigió a nosotras con el consabido “¿En qué puedo asesorarlas?”, le
devolvimos la sonrisa y le dijimos que simplemente estábamos mirando, pero ella
replicó: “¿Qué buscan? Yo estoy aquí para
ayudarlas a escoger el producto que necesiten.” Le repetimos que sólo
queremos mirar los productos para resfriados, nada más. De inmediato nos
preguntó que si era resfriado común o un resfriado fuerte. Insistimos, es un
simple resfriado y ya estamos en el aparador cuya descripción dice “Resfriados”. Pensamos que ya era
suficiente de conversación, pero no, en forma instantánea nos dijo que ese no
era para el resfriado común que teníamos que mirar en el que ella estaba.
Para evitar el diálogo
nos movimos al aparador indicado y no bien mi amiga tomó en su mano las pastas
que ya sabíamos eran suficiente para el malestar que sufría, la promotora le
preguntó: “¿Para quién es el
medicamento?” Nuevamente y para evitar de pronto un examen médico
instantáneo, mi amiga le dijo: “Es un
encargo para una hija mia.” Pero empeoró la situación porque la señora le
indicó que le estaba llevando la droga equivocada que esa no le servía y que la
apropiada era “xxxxx”, la cual obviamente,
ella promocionaba. Empezó de nuevo con su interrogatorio, si era mayor o menor
de edad, que tipo de resfriado tenía, si le dolía la cabeza y si estaba con
temperatura alta, etc etc. situación que para ese momento nos tenía realmente
fastidiadas y con deseos incontenibles de salir corriendo.
Después de hacernos una
descripción de las cualidades del medicamento nos anticipó que sólo ese era el
que debíamos llevar.
Cansadas y bastante
molestas por la impertinencia de la promotora, mi amiga recibió el medicamento
y partimos con dirección a las cajas de pago, pero no bien habíamos caminado
unos cinco pasos y sabiendo que la dama no nos quitaba el ojo de encima, mi
amiga en forma clara depositó el medicamento en otro aparador del almacén pero
que podía ser divisado perfectamente por aquella y nos marchamos con nuestra
mejor sonrisa.
Este es un verdadero
ejemplo de lo que no debe hacer una promotora de productos, a menos que lo que
busque es quebrar a la empresa que representa.
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