Mayo 2 del 2015
SEGURIDAD
INSEGURA
Después de ver y
escuchar a través de los noticieros de nuestra televisión nacional sobre los
incontables sucesos delincuenciales que ocurren en el País quedé realmente
agotada. Uno tras otro los presentadores van detallando las diferentes
modalidades de hurto que se llevan a cabo en las calles, apartamentos, eventos
culturales y hasta en el Transmilenio, estos además de los homicidios,
lesiones, violaciones, quemaduras con ácido etc. etc.
Hace un par de semanas
aún pensaba que esto ocurría con más frecuencia en la capital del país por ser
una ciudad donde hay diversidad humana, y me decía a mí misma que los hechos
ocurridos en Cali, sucedían en barrios apartados en los cuales hay gente
marginada, donde la necesidad es el pan diario y en los lugares donde se
expende licor hasta altas horas de la noche, todo ello en razón al recuerdo que
tengo de tantos procesos en los cuales las balas perdidas terminaban en los
cuerpos de gente inocente y en especial en niños que jugaban pacíficamente en
el andén de sus casas.
Pero como siempre hay
una primera vez, viví la experiencia en un buen barrio.
Como dije antes, hace
un par de semanas, me encontraba realizando una diligencia en una buena zona de
esta ciudad, una vez terminada la misma mi acompañante y yo nos dirigimos hacia
el carro que teníamos aparcado a veinte pasos del sitio visitado. Caminamos sin
prisa y sólo pensando que debíamos dirigirnos seguidamente hasta el norte de la
ciudad para concluir con otra visita, cuando escuchamos un estallido fácilmente
reconocible como proveniente de un arma de fuego. Al mirar al frente pude ver a
un grupo de gente que perseguía a alguien a quien no podía identificar, entre
quienes bajaban estaba una persona con un arma de fuego en la mano apuntando
hacia nosotros. De repente y como una exhalación y sin saber de dónde, surgió
otro hombre armado junto a nosotras quien apuntaba hacia la turba mientras se
parapetaba frente a nuestro vehículo.
En esos segundos, mi
compañera no dudó un instante y se tiró entre el andén y el automotor mientras
me gritaba que hiciera lo mismo, pero yo quería evitar que el sujeto que estaba
junto a nosotras accionara su arma y provocara un intercambio de disparos el
que no sólo podía destrozar el automotor sino atraer la turba hacia nosotras.
Ante las voces de mi
compañera para que me agachara, accedí y también quedé entre el andén y el
carro, mientras por debajo de éste último, veía los pies de la gente corriendo
y los gritos de muchos pidiendo a una voz “cójanlo”. Una vez pasó el último
parroquiano nos levantamos y pusimos pies en polvorosa, aunque con las piernas temblorosas
y los nervios a flor de piel.
No supe qué provocó la
ira de la gente ni por qué había gente armada, sólo sé que en cualquier lugar y
sin comerlo ni beberlo, podemos estar incursos en un evento en el cual pudimos
haber salido heridas de gravedad y quedar en las estadísticas como personas que
sufrieron la consecuencia de una bala perdida al estar en el lugar equivocado.
En uno de los procesos
que recuerdo una niña jugaba en la puerta de su casa, su abuela quien la
cuidaba escuchó una balacera, así que de inmediato se puso en pie tomó la mano
de la niña e intentó ingresarla a la casa, cuando sintió que su nieta se
deslizaba hacia el piso. Cuando miró a la niña ésta presentaba una herida y
desgraciadamente sus signos vitales se habían perdido.
Como éste fueron muchos
los casos que pasaron por mis manos y que su sola lectura me conmovía
profundamente, guerra entre bandas en las que mueren precisamente quienes nada
tienen que ver en el enfrentamiento, el pandillero que corre, ve su
contendiente a cierta distancia, apunta y dispara, justo en el momento en que
alguien abre una puerta o se asoma a una ventana y el proyectil llega al
destino errado.
Estos casos y otros en
los que un borracho levanta su brazo con un arma en la mano, la acciona hacia
el cielo, convencido en su ebriedad de que ningún daño hace y sólo está
haciendo su propia fiesta, sin darse cuenta que todo lo que sube tiene que
bajar y ese proyectil desciende y puede causar una lesión a alguien que por
casualidad se encuentra en la zona.
La humanidad se está
deshumanizando, ante la situación que se vive el pueblo se arma.
Esto como tantas cosas,
me trae recuerdos de situaciones increíbles, un joven sindicado de hurto a mano
armada, argumentaba en sus descargos que había actuado por un estado de necesidad,
sin embargo al ser interrogado por la forma como adquirió el arma, contestó que
le había costado doscientos mil pesos… y el interrogante que de inmediato me
llegó a la cabeza fue la contradicción tan tremenda, al haber gastado una suma
de dinero que bien podría haber usado en algo mejor para su bienestar en vez de
invertirla en un artículo que lo llevó a la cárcel.
No tengo forma de
concluir positivamente este comentario, sólo guardar la esperanza de que algún
día podamos salir a la calle sin temer a que algo nos pase y no sea posible regresar.
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